
Hubiera sido fácil ser la nube,
la garza que no teme a su pantano,
o esa hierba que crece bordeando el camino.
Seguramente todo menos esto
que venimos a ser y que se rasga
como un papel de seda.
Mejor si nunca hubiéramos sabido
que alguna vez también fuimos la nube,
y la garza, y la hierba, y el silencio
que guardan los olivos en sus ramas.
Sí, nos harían falta muchos dioses
y barricas repletas de aceite de ricino
para prevenir tanto desconsuelo.
Lo sencillo está puesto dentro y antes
de cada primavera;
basta con escucharnos las manos
y los ojos,
esa fiel partitura de futuros
que suena, sin que apenas podamos percibirlos.